Amigo de infancia
Desde niño, no podía quedarme quieto en la sala de espera del médico. La espera se me hacía insoportable, cada minuto estirándose como un hilo de tensión imposible de soportar. Entonces escapaba, siempre hacia los lavabos, cerraba la puerta y encontraba mi pequeño refugio: un espacio donde podía moverse, respirar y ser simplemente yo, sin las miradas ni las palabras que me ignoraban. Era el más pequeño de tres hijos. Mis dos hermanas mayores dictaban las reglas del hogar: “Tú, niño, cállate”, decían, y mis padres nunca objetaban. Así aprendí a no hablar. Nadie me preguntaba, nadie escuchaba, y poco a poco comprendí que mi voz no tenía peso. En esa casa, nadie conversaba conmigo; nadie parecía querer hacerlo. Crecí solo, entre paredes silenciosas y miradas que pasaban por encima de mí. Si me refugiaba demasiado tiempo en el lavabo, las voces de mis hermanas me alcanzaban: “Maricón”, decían. Yo sabía quién era, sabía que no era eso, pero las palabras dolían igual. Dolían porque proven...