Frente al espejo

Despertar a un rostro desconocido

Desperté un día y no me reconocí.
Era como emerger de un coma que comenzó a los quince años y abrir los ojos a los cuarenta y seis. Esperaba encontrar la cara perfecta que había imaginado en mi adolescencia, pero no estaba.
Me miré en el espejo y hallé a un extraño: alguien con mis rasgos, pero que no era del todo yo. Como si mi reflejo estuviera atrapado entre la luz y la sombra, entre lo que fui y lo que imaginé.

El carrusel de los espejos

Durante años, viví en un carrusel de espejos. Cada superficie reflejante —cristales, ventanas, charcos de agua— era un juez silencioso. Cada corte de pelo, cada barba, cada gesto ajeno era un espejo donde medía mi valor.
Si no coincidía con mi ideal, dolía. Me sentía invisible, pequeño.
Hoy he aprendido que no hay dos personas iguales, y que lo que a uno le queda bien a otro no siempre le queda bien. Mirar fotos antiguas me permite descubrir algo inesperado: quizá nunca estuve tan mal como pensaba.

Los inicios del aislamiento

Todo comenzó a los quince años:

  • Bullying por mi ropa sencilla y mi timidez.

  • Soledad impuesta por una lesión que me dejó meses sin salir de casa.

  • Sin visitas, sin amigos, sin guía.

Fue entonces cuando nació mi desconexión con mi cuerpo y mi rostro, y el reflejo en los espejos se volvió un sustituto emocional.

Aprendiendo a mirarme

Hoy aprendo a mirarme con ternura.
El TOC y la obsesión por verme perfecto siguen apareciendo: si me miro cien veces, ochenta veces veré defectos. Pero puedo decir stop, respirar y recordar que no soy mi reflejo. Cada imagen es solo un fragmento de mi historia, no la historia completa.

La cara “V”, la perfecta, era un espejismo que inventé de niño. Nunca existió.
La cara “U” es real. Sus sombras y luces, sus cicatrices y arrugas, sus pliegues y contornos… todo eso soy yo. Aprendo a amarla. Aprendo que vivir con esta cara me permite hacer todo lo que la perfección jamás podría, y aún así ser feliz.

Cuidarme, mi acto de amor

Los espejos ya no son jueces. Son compañeros silenciosos, recordándome que merezco cuidado y compasión.
Cuidarme —no fumar, beber poco, mover mi cuerpo, alimentarme bien— no es por otros. Es por mí. Por mi salud. Por mi vida. Por la artritis que exige atención.

La dismorfofobia es un río que siempre fluye, con corrientes de duda y remolinos de comparación. Pero también es un espejo de aprendizaje. Cada reflejo me recuerda que puedo convivir con mis miedos y mis defectos. Que merezco ser feliz tal como soy, sin ideales que me aplasten, sin espejos que me condenen.

Mirarme ya no es una guerra

Mirarme ya no es una guerra.
Cuidarme es un acto de amor.
Vivir con mi rostro “en U” es vivir con luz y sombra, con verdad y libertad.
Y esa libertad es mía.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Amigo de infancia